Relaciones humanas adultas
Se quedó a vivir conmigo y no me preguntó. Dice que fue un acuerdo, que yo hago como si no me acordara. Juro por mi vida que no me enteré. Claro sí, me enteré cuando ya estaba acá. Y desde ese momento convivimos, como una pareja, ni más ni menos.
Muchos momentos de enojo, de violencia, de intentar que se vaya a la fuerza.
Luego de sucesivos intentos fallidos, cuando ya no doy más, cuando ya no hay fuerza, desde el piso, sin poder moverme, nos miramos a los ojos, nos encontramos. Es ahí cuando cede, me da tregua, trabajamos a la par y la pareja mejora. Dialogamos, hay atisbos de conciencia, desmenuzamos el problema, llegamos a la raiz. Y cuando mejor estamos, desaparece.
Me apuro entonces a vivir, a hacer todo lo que no podía cuando vivía en pareja. Y cuando ya estoy haciendo miles y miles de cosas, vuelve y se instala, otra vez... Y acá pueden volver a leer desde el principio porque la historia no hace más que repetirse.
Su nombre es tendinitis. Si no tenés el gusto seguramente sea porque dijo llamarse de otra manera. Porque no es monógama, convive con todos y tiene miles de nombres.
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